Memories
1 abr
Ayer por la tarde me pillé la reedición en vinilo del Is A Woman (Lambchop, 2001) ¡360 gramos de puro placer!, pensé al salir de la tienda con el disco bajo el brazo. Pero la alegría inicial se fue transformando, en el camino de vuelta a casa, en un nerviosismo acelerado: ¿me gustará el disco después de tantos años sin oírlo?
[Antes de seguir, debo aclarar una cosa: Lambchop ES UNO DE MIS GRUPOS. Uno de esos que crecen contigo y te acompañan muy intensamente durante muchos, muchísimos días; y aunque con el tiempo los dejes de escuchar, sabes que los tienes dentro de ti para el resto de tu vida. Kurt Wagner y los suyos me ofrecieron luz, calma, sabiduría y una sincera comprensión en mis años de La Renegror, así que tengo a esos cuarentañeros de Nashville metidos para siempre.]
Total, que estoy a punto de llegar a casa y el nerviosismo ha desaparecido: se ha convertido en puro miedo. ¿Y si no me gusta? Estuve a punto de regalárselo a alguien con tal de evitar el mal trago, pero la visión de mis mujeres tan guapas ellas nada más abrir la puerta me insufló la entereza necesaria para abrir el disco, sacarlo y ponerlo en el plato.
El corto espacio de tiempo que transcurre entre que coges el brazo de la aguja y haces que se pose suavemente en el surco más externo del vinilo sirvió para que mi mente repasara en un frenético slideshow los recuerdos que tenía de Lambchop: portadas, entrevistas, conciertos, canciones… Charlas sobre la grandeza de Mister Wagner y demás memorabilia desfilaron ante mí. Para entonces el miedo ya es pánico: no me va a gustar. El crujido del vinilo empezó a oírse en el estéreo. Tragué saliva, me senté en el sofá y cerré los ojos.
Y entonces ocurrió. Sonaron las tres primeras notas del piano de Tony Crow y, de repente, me encontré en casa de Teyma en la noche de hace diez años en la que nos reunimos todos para oír el Is A Woman. Andrés se lo había bajado aquella misma mañana y, tras una cadena de mensajes, acudimos todos a las diez en punto. Tey abrió y fuimos directos al salón, casi sin saludarnos. Allí, todos, nos sentamos alrededor de la mesa. Todos oyendo las primeras notas del piano de Tony. Todos dosificando la respiración. Todos bebiendo de nuestras copas y oliendo la marihuana, que se mezclaba en el aire con la voz rota de Kurt.
Sentado ayer en el sofá de mi casa, con los ojos cerrados, pude ver claramente a todos y cada uno de los que asistimos a aquel ritual. Recordé con absoluta claridad las ropas, las bebidas, los gestos y las palabras –no fueron muchas- de aquella noche. Pero, sobre todo, ayer me di cuenta de que AQUELLA NOCHE FUI FELIZ.
Abrí los ojos. Mojados. My Blue Wave se desvanecía en el salón y aún quedaban tres o cuarto segundos antes de la segunda canción. Giré la cabeza. Mi chica me observaba amable desde el otro sofá sin perder detalle de mi regresión emocional. A mi lado, nuestra hija seguía jugando. TODO ERA PERFECTO ¿Lo recordaré así dentro de unos años? Noté un tirón de la manga, ella había dejado de jugar. Levantó la vista y, mirándome con una sonrisa que inundó de luz la estancia (y creo que al mundo entero) me dijo: “¡Otra!”. The New Cobweb Summer comenzó a sonar.



